La vinculación del hombre con la roca es tan antigua como su relación con la tierra. Escarbando para enterrar a sus muertos o para sembrar sus semillas, tarde o temprano se encontró con el Onix y el Mármol, se preguntó por su origen, las admiró por su dureza, por su belleza y antigüedad indefinida, buscó la manera de trabajarlas y horadaron montañas para erigir templos y viviendas; se esmeró por cortarla en bloques y fragmentos, puliendo y esculpiendo las imágenes de sus sueños, sus deidades y utensilios; logrando un reflejo de la que brota de las entrañas de la tierra para dar origen a la sólida luz y la forma blanda de la piedra.